Kaixo Blogadiktos!!
El lunes de la semana pasada llego a mi casa un gran paquete de MRW. Era mi
iPhone 3G Libre! No pude abrir el paquete hasta llegar a casa, a eso de las 20.00h, por lo tanto pasé todo el día nervioso sabedor de que el aparatito me esperaba sobre la mesa del escritorio.
Lo abrí con sumo cuidado, ya que la ocasión lo merecía y los 615€ que me costó el aparatito así lo requerían.
La primera impresión fue buena, aunque daba miedo tocarlo, pues parecía rayarse con la mirada. Me decidí a encenderlo y allí estaban todos esos típicos iconitos del iPhone esperando a que los trasteara.
Creo recordar que empecé con
Safari, el navegador. La experiencia de Internet con un iPhone es terrible -en el sentido positivo de la palabra-. La pantalla respondía perfectamente a los movimientos de mis dedos.
Youtube y
Google Maps iban igual de bien que Safari. El correo electrónico impecable también…
Pero es cuando llegué a los SMS cuando el Gen* empezó a taladrar mi cabeza. ¡No tenía informes de entrega! Algo esencial para mí, ya que me gusta saber si el SMS que envio ha sido recibido por el destinatario. Un servicio básico y gratuito disponible con todas las operadoras y todo los móviles... bueno, menos con el iPhone.
Presa del nerviosismo, quise acallar al Gen* y engañarme a mi mismo haciéndome pensar de que este era un gran teléfono, y que su compra había valido la pena.
Fue entonces cuando pensé ¡es cierto, es un gran teléfono y me lo voy a quedar porque estoy muy contento con el!. Acto seguido comencé a indagar mas sobre posibles aspectos negativos del nuevo aparatito “por si las moscas”…
Desgraciadamente el Gen tenía razón, y si zumbaba era porque él sabía que aquello no estaba a la altura. Paso a describiros una serie de carencias elementales que le saqué al aparatito:
Los dos primeros eran sabidos de antemano y estaba dispuesto a asumirlos, pensando que serían los dos únicos defectos que pudiera tener el super-iPhone: No envía MMS y no graba vídeo.

Pero lamentablemente la cosa no quedó ahí: No se pueden crear carpetas para guardar archivos, la cámara no tiene zoom ni flash ni modo nocturno y además es un truño de 2 mpx, no existen los “modos” tan comunes en otro teléfonos -modo oficina, silencio, muy alto,…- y que tan útiles me resultan, no tiene radio, no permite asociar archivos mp3 como tono de llamada, no soporta videollamada -aunque no la use me gusta que esté ahí-, el Bluetooth solo sirve para algunos manos libres -nada de pasarse archivos por BT con nadie!-, además de no soportar flash tampoco soporta archivos PDF si no tienes internet, tenemos que tener el bendito -o maldito- iTunes para gestionarlo todo, la mayoría de las aplicaciones adicionales interesantes son de pago -muy al estilo de apple-, no puedes dejar un aplicación trabajando en segundo plano, la batería no es intercambiable, aunque parezca mentira no existe la función copiar & pegar en un aparato "tan multimedia” como este, no se le puede meter el tomtom ni nada parecido en cuanto a GPS, de mandar SMS en plena llamada ni hablar y no puede usarse como modem.
Dada toda esta larga lista de inconvenientes que tiene el super-iPhone 3G, creo que no es en absoluto un teléfono por el que merezca la pena pagar la friolera de 615€.
Me parece incomprensible que Apple se lance con un teléfono que tras mas de un año en el mercado, está aun sin acabar de hacer. Y más incomprensible aun me parece que todos los fans que tienen se hagan los
suecos longuis y pasen por alto toda esta larga lista de defectos.
Que hubieran dicho estas mismas personas si el bendito teléfono en vez de ser de Apple llega a ser de Microsoft? Los hubieran puesto a bajar de un burro!
En resumidas cuentas, el teléfono no me duró ni un día. A la mañana siguiente salía de casa otra vez, perfectamente empaquetado rumbo a un nuevo e iluso dueño.
Está claro que tendré que seguir con
Nokia, quienes a pesar de no ser tan
guays molonguis como Apple, al menos tienen sus teléfonos bien terminados y a pleno rendimiento. Además ya le tengo el ojo echado a
uno para estas navipeiches!!
* el Gen: Dice ser un inestable defecto psicológico y emocional, por el cual tras adquirir nuevos bienes y/o servicios, mi mente entra en una profunda batalla interna para determinar si ese bien y/o servicio en cuestión verdaderamente cumple su función y si realmente lo necesito. Obviamente el Gen* debería funcionar antes de la compra, y no después, pero ahí es donde radica su gracia y encanto.